Un largo camino para llegar a Narconon Latinoamérica

Después de un anexo, una clínica y un par de veces en una fundación, me encontraba en un círculo vicioso de rehabilitación. Teniendo unos padres que me apoyan, una hija que adoro, la pareja que amo y un buen trabajo, siempre terminaba consumiendo nuevamente, una y otra vez, sintiéndome peor cada vez. Hasta que finalmente llegué a Narconon Latinoamérica, poniéndole un punto final a la entrada y salida de diversos procesos y cimentando un futuro mejor, uno en el cual me pueda conducir de tal manera para brindarle lo mejor a mi familia y me haga prosperar como persona en todas las áreas de mi vida.
Sobrio
(Foto de john shepherd/iStockPhoto.com)
 

Poco antes de cumplir 18 años me convertí en papá y al concluir mis estudios de bachillerato, me metí de lleno al negocio familiar e hice mi propio hogar junto con la mamá de mi hija y mi hija por un periodo de siete años.

Mis amigos me platicaban de lo que hacían en la universidad y me invitaban a sus fiestas, a las que asistía, pues sentía que me había salteado esa etapa de mi vida. Mi consumo de alcohol empezó a aumentar hasta el punto en que mi familia se fue de la casa.

En ese momento, experimenté una liberación o era lo que yo pensaba. Con dinero por mi trabajo, sin responsabilidad por mi pareja e hija y solo en casa me uní de lleno a todo tipo de fiestas, saliendo con muchas mujeres y consumiendo mucho alcohol.

De pronto comencé a extrañar a mi familia y sentí un vacío muy grande, además de que el exceso de alcohol me producía una sensación de depresión. Decidí probar la cocaína e inauguré la carrera en el mundo de las adicciones y centros de rehabilitación.

La cocaína fue mágica para mi o era lo que yo pensaba. Me hacía subir cuando el alcohol me hacía descender, sin importar los efectos negativos que acarrearía más tarde y pasando por alto las posibles consecuencias cardiovasculares.

Comencé a faltar a mi trabajo y mi responsabilidad cada vez era más deficiente. Mis padres se percataron y le pidieron ayuda a un tío quien llevaba 20 años sin consumir alcohol. Como resultado, me llevaron a mi primer internamiento y éste, desafortunadamente, fue en un anexo.

Estuve un mes en el anexo y la pasé realmente mal. Las condiciones no eran las más adecuadas. Además del hacinamiento, dormíamos en el suelo, no existían medidas de higiene para nuestras necesidades básicas y cuando nos daban de comer era una sopa conocida como “caldo de oso”, toda insípida y con vegetales que a veces estaban en estado de descomposición.

Hombre comiendo sopa
(Foto de BuckleyPics/iStockPhoto.com)
 

Cuando acabó aquella amarga experiencia, regresé con la mamá de mi hija y me mantuve firme sin consumir por un año y tres meses. Mi paro en el consumo se debió al miedo de regresar a un lugar así, no por haber discernido lo más adecuado. Este lapso concluyó un día en una celebración laboral cuando me tomé una cerveza pensando en que no sucedería nada.

Aquella cerveza fue como lumbre para mí. Después de eso me fui en picada y nuevamente volví al consumo de alcohol y cocaína. Comencé con períodos breves y después ya eran semanas en las que desaparecía. Nuevamente la mamá de mi hija me volvió a dejar y esta vez para siempre.

Después de eso, por segunda vez, me llevaron a otro internamiento. Esta vez era una clínica. Ya me encontraba en mejores condiciones, pero comenzaron a medicarme con fármacos antidepresivos y ansiolíticos.

Al salir intenté comenzar de nuevo con mi vida. Volví a experimentar ese vacío y esa tristeza. Para mitigarlo volví al consumo, comenzando de manera pausada, hasta que me perdía por semanas.

El tercer intento de rehabilitación fue en una fundación dedicada a la recuperación de personas con problemas de adicción. Aquel lugar era un poco mejor que el anexo, la diferencia era que cada uno tenía su cama, a pesar de la gran cantidad de hombres que éramos. Sin embargo mi experiencia ahí fue de maltrato psicológico y vi como un par de compañeros intentaron suicidarse.

Yo iba en una franca caía en una espiral descendente. El internamiento de la fundación duró dos meses y medio. Al salir, con el peso en mis hombros de todo lo que había vivido, de lo mal que me habían hecho sentir, ya no quería consumir más. Sin embargo, cualquier clase de motivador era el catalizador perfecto para comenzar de nuevo. En definitiva, no me gustaba mi vida y ahora tenía que huir de todos los lugares, yo me sentía en una persecución constante para que no me encerraran de nuevo.

Volvió a suceder y perdí mi libertad al ser sometido por los reglamentos de la fundación. Ahora mi miedo, mi frustración y mi pesar eran mucho peor. Por haber recaído mi internamiento duraría un año. Sin embrago, sólo estuve unas cuantas semanas por el fallecimiento de mi abuelo; fue una sensación agridulce.

“Nuevamente volví a consumir. Ya no sabía lo que hacía y en definitiva me sentía prisionero de mi propio cuerpo y de mis decisiones. Le había fallado terriblemente a mi hija. Por estar en consumo o en rehabilitación, me había perdido muchos momentos especiales para ella como su Primera Comunión. Hasta que alguien le habló a mi familia de Narconon”...

Nuevamente volví a consumir. Ya no sabía lo que hacía y en definitiva me sentía prisionero de mi propio cuerpo y de mis decisiones. Le había fallado terriblemente a mi hija. Por estar en consumo o en rehabilitación, me había perdido muchos momentos especiales para ella como su Primera Comunión.

Hasta que alguien le habló a mi familia de Narconon. Yo ya no quería estar encerrado y no me interesaba estar en otro centro. Mi integridad y mi voluntad estaban perdidas, yo mismo me sentía en un laberinto sin salida.

Cuando llegué a Narconon Latinoamérica aún me sentía bastante perdido. Afortunadamente el personal me cuidó muy bien. Los primero días me la pasé durmiendo porque me sentía muy deprimido, avergonzado y sin saber muy bien qué rumbo tomaría mi vida.

Una noche llegó Zu Lizárraga, Directora Ejecutiva de Narconon Latinoamérica, con una merienda que ella misma había preparado. Estaba realmente preocupada por mí porque no había querido comer en esos días. Fue en ese momento que sentí el cariño con que tratan a los estudiantes.

Narconon Latinoamérica

A la mañana siguiente me alisté temprano y me dispuse a comenzar con el Programa. Recorrí la hacienda y me gustó mucho. Me dio una sensación de paz y de libertad por los espacios abiertos y la naturaleza a su alrededor. En la etapa de Retirada el personal estuvo pendiente de mí todo el tiempo; esto me ayudó mucho para sentirme seguro en el lugar.

Con el sauna me sentí muy bien e incorporé el hábito del ejercicio en mi día a día. Como parte del proceso hay que ejercitarse para poder eliminar los residuos tóxicos del cuerpo y me gustó correr por las mañanas. De hecho, Narconon cuenta con un gimnasio bien equipado para entrenarse.

El resto del Programa me fue muy bien. Lo disfruté mucho y me gustaba pensar en qué nueva habilidad adquiriría al día siguiente.

Me llevo muy buenos recuerdos de este lugar, del personal, de mis compañeros, hasta de la comida tan rica. En definitiva, Narconon me ayudó a superar esta horrible etapa de mi vida que ya quedó atrás, muy lejos y sin deseos de regresar.

Hoy quiero prosperar en todas las áreas de mi vida y así lo haré utilizando las herramientas que Narconon me ha dado para hacerle frente a esta gran aventura llamada vida.

AUTOR
PG

Paola Garabito

NARCONON LATINOAMÉRICA

EDUCACIÓN Y REHABILITACIÓN DE DROGAS